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  • Héctor Canseco

Un poco de libertad

Hace unos meses nuestras vidas cambiaron drásticamente, pasando a estar más tiempo en casa y a buscar actividades que nos hicieran crecer y también olvidarnos de lo que sucedía a nuestro alrededor.


Sin embargo, nuestra naturaleza es salir, explorar y curiosear lo que hay en nuestro entorno. Buscamos algo que nos acercará a ello, como: pequeñas caminatas, visitas algún parque cercano, etc. Incluso así, ese anhelo por salir y sentirnos libres seguía ahí latente.


Semanas atrás, haciendo caso a tal anhelo y queriendo acercar y llevar algunas personas a volver a sentirse libres: decidí salir con dos amigos a revisar cómo estaba la situación, antes de llevar personas.


La noche previa sentía tanto gran emoción y alegría por volver a salir, correr y respirar, como también había la inquietud sobre el riesgo que ello implicaba. Incluso con ello, seguía pasando por mi mente el reencuentro con la carretera y lo que me esperaba al finalizar ésta.


Salí de mañana con guantes, cubreboca, un kit personal (gel desinfectante, solución 30% agua y 70% alcohol, jabón, papel higiénico). Era la primera vez que salía lejos de mi entorno, y también era la primera que me subía al metro desde que comenzó todo…


Al abordar el metro, noté un escenario totalmente distinto: la mayoría de la gente con cubreboca, los vagones a poco más de la mitad de su capacidad (habían desaparecido los empujones para entrar), casi había silencio (antes se oían multitudes de voces), y pocos hablando por celular.


Miraba de un lado a otro, tratando de comprender lo que había pasado en estos meses. Como si estuviera perdido. Pero volví en mí y por lo que había salido. Llegué a la estación, salí del metro, y pasaron por mí.


Antes de subir, la pregunta de mis amigos fue: "¿Has tenido un circulo abierto? ¿Realizamos todo el viaje con cubre-boca?" Cuándo nos hubiéramos imaginado hacer esas preguntas en un pasado. Bajamos un tanto las ventanas, nos pusimos gel desinfectante, y comenzamos nuestro trayecto hacía un poco de libertad.


Al avanzar por la ciudad rumbo a la carretera, el cielo estaba nublado. Poco a poco fuimos entrando en la carretera, el cielo permanecía nublado. Bajaba la ventana en su totalidad para sentir el aire acariciando mis manos y tomar muchas fotos. Me ganaba la emoción, en ese momento: era el cielo más increíble que hubiera visto en mucho tiempo 😮


Después de unas horas de trayecto, paramos en una gasolinera para pasar al baño. Antes de entrar, una pregunta pasó por mi mente: ¿Cómo ir al baño? Me sonreía a mí, al hacerme tal pregunta. Recordé algunas guías que había leído.


Al entrar me encontré con un sanitario limpio, aun así: mojé un poco de papel con gel desinfectante, y lo pasé por la superficie que iba a utilizar; luego, agarré otro poco de papel para bajar la palanca; antes de lavarme las manos, abrí el grifo con otro trozo de papel; me lavé las manos; posteriormente, agarré otro trozo de papel, y cerré el grifo.


¡Era todo un protocolo! Por instantes pensé que estaba exagerando; empero, no era exageración, era prevención y cuidado.


Antes de subir al auto, una escena similar se repitió: uno de mis amigos, sacó un sanitizador portátil. Nos lo pasamos por encima de la ropa, y listo ¡De vuelta a la carretera!


El paisaje era semiárido, pero fantástico. Colores beige, café, verdes en distintas tonalidades (claro, obscuro), nopales, tunas, magueyes, pasto (por momentos), letreros que decían barbacoa, pulque, escamoles ¡Estaba extasiado! ¡Era la carretera!


Y al voltear hacia arriba: un resplandeciente sol se abría paso entre las nubes, dejándome ver un intenso azul cielo que aumentaba mi anhelo por llegar al fin de la carretera; no obstante, antes de que pudiera pensar en el sitio que me aguardaba ¡Cambio el paisaje!



Cerros pequeños, medianos e imponentes comenzaron a aparecer a un costado del camino. Los veía desde una parte alta, tratando de ver si debajo de ellos serpenteaba algún río. Pero mi mirada se perdía entre la infinidad de árboles que yacían sobre las montañas.


Entonces, comenzó a rondarme la idea: “Y si me bajará aquí; luego, comenzará a caminar para subir la montaña que veo al fondo ¿Cuántos días me llevaría llegar ahí? ¿Cómo sería pasar la noche? ¿Cuántas estrellas vería? ¿Qué sonidos escucharía?”


Empezaba a salir mi deseo por explorar más allá de lo que conozco y veo. Tratándose de viajes y comida suelo ser un tanto impulsivo, dejando a lado muchas cosas 🤠 Mas esta ocasión, tendría que dejar tal locura para una futura escapada 🤠


Perdido en el paisaje, el tiempo pasó rápidamente. Llegamos a una pequeña ciudad, lo que llamó primero nuestra atención fueron los puestos de inspección. Esperábamos no nos regresarán, estando tan cerca de nuestro destino.


Afortunadamente pudimos pasar. En las calles, la gente parecía llevar una vida muy tranquila, como en todo lugar de la costa. Solo había algo diferente: usaban cubreboca. Tomamos un boulevard, y nos dirigimos hasta su final.


Una vez más un puesto de inspección, y el temor de ser regresados. A solo unos pasos del sonido del agua, golpeando la tierra. Pudimos pasar. Quería que se detuviera el carro, y correr hacía ese ruido.


Detuvimos el auto a unos 30 metros del agua que subía y bajaba con el efecto del viento. Sentados todavía en el auto: “¿Bajamos con cubre-boca puesto?”


Nos enfrentábamos a un escenario diferente. Con el sol en su punto, 33°C de temperatura, un tanto de humedad en el aire ¿Cubre-bocas? Al final decidimos no usar los cubrebocas. Cómo íbamos a hacerlo en playa.


Descendimos, vinieron ahora sí los saludos en “forma”. Brazo con brazo. Observamos que las mesas del restaurante elegido, tenían una sana distancia. Nos apresuramos a sentarnos, aunque había muy poca gente 😅


Acto seguido, se acercó el mesero. Llevaba una careta y cubreboca, así como nos trajo gel desinfectante. Para evitar antojos, omito lo que pedimos 😉


Me quité aquello que tenía prisioneros a mis pies, me paré, y comencé a caminar hacia el agua. La arena era de un color beige claro, con finos granos, y estaba muy caliente ☀ A tal punto que sentía como me quemaba los pies; empero, era un gusto estar ahí. Siendo aún más, cuando el aire proveniente de la mar ¡Golpeaba contra mi rostro y cuerpo!

¡Era un poco de libertad!


A unos pasos de tocar el agua, me detuve. Miraba como las olas iban desvaneciendo las finas líneas de la playa, llevándose los granos de arena; enseguida, alzaba poco a poco la mirada, observando a detalle cómo se iban formando las olas, escuchando algunas con sonidos muy suaves, y otras tantas con fuertes.

Viéndolas llegar, también ponía mi atención en los tonos del agua: transparentes, verde claro, un leve azul turquesa, y el inigualable azul marino que se perdía en el horizonte hasta cambiar a un azul cielo. Preguntándome ¿Dónde termina la mar, y dónde inicia el cielo?

Di unos pasos más hacia la mar; parado, me quedé perdido en el azul. Mi mente se puso en blanco, sin percatarme que era mojado por las pequeñas olas que llegaban a la orilla…


Héctor Canseco

¡Soy un Keké!


Si deseas compartirnos tus historias / fotos, puedes escribirnos a mexicoenabundancia@gmail.com

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¿Cómo puedes hacer esta escapada?

  1. En auto son 4 horas desde la Cd. de México hasta Tuxpan, Veracruz.

  2. Puedes realizarla con Kekeb Travel. Los grupos en esta temporada son de máximo 27 personas en autobuses con capacidad para 54 personas. WhatsApp 55 1382 9096

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